Amar con el Alma

En este ensayo que me propongo escribir quiero que reflexionemos sobre el amor, la compasión y la misión que le otorga sentido a nuestra vida. Para esto les voy a compartir una experiencia reciente que viví con alegría y en atención plena, una atención que no solo me ancló al presente, sino que me permitió activar el equilibrio entre mi cuerpo, mi mente y mi espíritu.

Empecemos por lo primero, ¿Qué es el amor? Podríamos responder esta pregunta de múltiples maneras, pero quiero valerme de las palabras de Erich Fromm en su libro El arte de amar. Fromm destaca cinco destinos amorosos: El amor fraterno, el amor materno, el amor erótico, el amor a sí mismo y el amor a Dios. Cuando habla del amor fraterno hace referencia a el amor a todos los Seres Humanos, un amor que nace de la voluntad de amar. En palabras de Fromm; se entiende por amor fraterno el sentido de responsabilidad, respeto, cuidado y conocimiento con respecto a cualquier otro Ser Humano, con el deseo de promover la vida. Es significativo detenernos unas oraciones en esto último; promover la vida. La vida es un regalo sagrado que nos fue otorgado, el cual debemos respetar y cuidar, pero también, debemos respetar y cuidar la vida de quienes nos rodean. Si empezamos a percibir a las personas que comparten con nosotros, el aire que respiramos y el sol que nos ilumina, como hermanos de vida, entenderemos el sentido que Fromm otorga a sus palabras, palabras que están en consonancia con el mensaje de Jesús; amar a nuestros hermanos como a nosotros mismos, siendo nuestros hermanos no únicamente aquellos con los que compartimos un linaje sanguíneo, sino, como dice Fromm; todos los Seres Humanos. Amar con esta expansión de consciencia puede volverse un desafío, pero si alcanzamos a entrar en esta sintonía de inteligencia cardíaca, estaremos cerca de comprender y, tal vez de experimentar, la paz y plenitud que encontraron distintos referentes de la historia, como pueden ser La Madre Teresa de Calcuta, Nelson Mandela, Viktor Frankl o San Juan Pablo II.

Una práctica informal Mindfulness es mantener la escucha dentro de nuestro corazón, escuchar sus latidos, pero también lo que tiene para decirnos, y al mismo tiempo mantener la escucha al ambiente, y no solo a los sonidos, sino a las palabras que nos llegan como mensajes de nuestros hermanos. Estar en atención plena fuera y dentro de nosotros es una experiencia de expansión de nuestra consciencia hacia un amor infinito. En la experiencia de consulta he oído muchas expresiones y disertaciones sobre el amor, pero hay algo que siempre les digo a mis pacientes: el amor es una actitud y una voluntad. Amar es un regalo que le hacemos a otra persona, pero también a nosotros mismos.

Dentro de la práctica Mindfulness encontramos la meditación de Amor Benevolente, la cual tiene como fin enviar compasión a personas que queremos, pero también a personas con la cuales tenemos un vínculo neutro o difícil. La compasión es un sentimiento de pena, de ternura y de identificación ante los males de otra persona. La compasión es lo que motiva la voluntad de amar. La meditación de Amor Benevolente nos sumerge en un océano de calma profunda.

Antes de continuar me gustaría contarles una intimidad. Hace dos semanas fui voluntario para donar un riñón, acción que me colocó en otra frecuencia con la vida. En la contemplación encontré que este acto era mi fin, mi misión; Amar hasta que duela. Mi vida ya no es la misma, no solo porque debo cuidar mi cuerpo de forma más minuciosa, sino porque encontré el amor fraterno en su estado más puro. Y hoy me propongo promover la donación de órganos. Con un acto humano podemos salvar, no solo la vida de la persona que padece la enfermedad, sino la de su entorno, porque son sus familiares y amigos quienes sufren en la espera de ese milagro orgánico que, a veces, parece no llegar. ¿Cuánto amor podemos ofrecer? ¿Hasta dónde nos animamos a entregar nuestro cuerpo y nuestra mente? En la expansión de consciencia que nos da la práctica continua Mindfulness somos capaces de encontrar el amor en aquellas pequeñas cosas, como reza una canción popular. El amor fraterno expandido, ya no solo a todos los Seres Humanos, sino a una flor, al ave que nos despierta con su canto, a una sonrisa, un atardecer, una caricia. Cuando aprendemos a amar ya no conocemos del frío y de la tristeza.

San Agustín, en su obra, describe tres grados de vida: el movimiento, el instinto y el fin. Las plantas tienen movimiento, los animales movimiento e instinto, y los Seres Humanos, como especie racional y emocional, tenemos movimiento, instinto y fin. ¿Y qué es el fin sino un medio para encontrar el sentido de nuestra vida? Hoy, en mi cuarta década de vida encontré el fin de mi existencia, encontré el sentido por el cual fui creado, y este no es donar un órgano, tampoco lo es realizar una campaña de concientización sobre la importancia de la donación, sino enseñar a amar. Promover la compasión como ese estado de plenitud que alcanzamos cuando nos entregamos al amor en su estado más puro.

Para finalizar este artículo quiero citar las palabras de Mateo, uno de los amigos de Jesús que aprendió a amar al prójimo como a sí mismo; Y cualquiera que te obligue a ir una milla, ve con él dos. Al que te pida, dale; y al que desee pedirte prestado no le vuelvas la espalda. Jesús nos enseño a amar al prójimo como a nosotros mismos, y yo hoy siguiendo, su camino, quiero intentar amar más allá de la frontera de mi mirada. Quiero amar hasta que duela.

Federico Martínez

Fundador y director de MFL Mindfulness Argentina

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